La pluma de: Jaime Bringas, Cofundador y Consejero en seguridad vial de la Asociación Mexicana de administradores de Flotilla de Automóviles (AMAFA).
La seguridad vial no es sólo una cuestión técnica ni un tema exclusivo de autoridades o expertos. Es, ante todo, una expresión del respeto por la vida. En el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU, se establece con claridad que el derecho a la vida debe ser protegido en todas sus formas.
Sin embargo, cada día, en nuestras calles y carreteras, este derecho se ve vulnerado por la omisión, la prisa, la negligencia y la falta de programas efectivos que promuevan una cultura vial responsable. La seguridad vial debería ser un pilar cotidiano, pero tristemente, es uno que olvidamos con demasiada frecuencia. Y lo olvidamos no por maldad, sino por costumbre, por falta de conciencia, por la falsa idea de que “a mí no me va a pasar”.
La ausencia de programas sólidos de seguridad vial tiene consecuencias profundas y transversales. No se trata sólo de accidentes, sino de un entramado de impactos que afectan a personas, familias, empresas y al país entero. La falta de educación vial, infraestructura adecuada, señalización clara y vigilancia efectiva genera un entorno de riesgo constante. Y lo más grave: normalizamos ese riesgo. Nos acostumbramos a ver cruces peligrosos, peatones vulnerables, motociclistas sin casco y conductores distraídos. Nos volvemos indiferentes ante lo que debería indignarnos.
Además, la seguridad vial no puede depender únicamente de campañas esporádicas o de medidas reactivas. Se requiere de una estrategia integral que incluya formación desde la infancia, inversión pública en infraestructura segura, incentivos para empresas que capaciten a sus operadores y una ciudadanía activa que exija y practique el respeto por las normas. La movilidad segura es un derecho, pero también una responsabilidad compartida.
Fatalidades y lesiones incapacitantes: Cada año, miles de personas pierden la vida o quedan con secuelas permanentes por siniestros viales. Estas tragedias no sólo representan una pérdida humana irreparable, sino también una carga emocional y económica para las familias y el sistema de salud. Detrás de cada cifra hay una historia, un rostro, un futuro truncado.
Familias que pierden su patrimonio: Un accidente puede significar la pérdida de un vehículo, gastos médicos impagables o incluso la imposibilidad de seguir trabajando. Muchas familias ven desmoronarse años de esfuerzo por un instante de imprudencia. La seguridad vial también es justicia social.
Los costos a las empresas: Las organizaciones también sufren. Vehículos sin mantenimiento, operadores sin capacitación o rutas mal diseñadas generan pérdidas, retrasos y responsabilidades legales. La seguridad vial es también una inversión empresarial, una muestra de compromiso con el bienestar de sus colaboradores y la comunidad.
La seguridad vial comienza mucho antes de encender el motor. Empieza en la conciencia, en la decisión de revisar el estado del vehículo, en el respeto por las normas, en la empatía hacia los demás. Cada vez que elegimos conducir con prudencia, ceder el paso, respetar los límites de velocidad o simplemente detenernos ante un peatón, estamos protegiendo vidas.
Somos ejemplo para las nuevas generaciones. Que vean en nosotros conductas que salvan, que cuidan, que construyen comunidad. Porque la seguridad vial no es un lujo ni una campaña temporal: es un compromiso diario con la vida, con el futuro y con la dignidad de todos. Es hora de que dejemos de olvidar este pilar y lo convirtamos en parte esencial de nuestra cultura ciudadana.
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“Porque la seguridad vial no es un lujo ni una campaña temporal: es un compromiso diario con la vida, con el futuro y con la dignidad de todos”.
— Jaime Bringas


