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¡Gracias, Señor, por la vida!

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La poesía del salmista alaba tu creación: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día comparte al otro la noticia; una noche a la otra se lo hace saber. Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible, por toda la tierra resuena su eco, ¡sus palabras llegan hasta el fin del mundo!”.
Salmo 19:1-4
Primera parte. Tomado del libro Cartas a Dios de Luciano Jaramillo Cárdenas.

Querido Dios:

Ayer vi salir el sol. Su rombo incandescente subió majestuoso por detrás de las colinas… Todo se volvió una algarabía imponente de colores… Y mi corazón se llenó de gratitud por la vida.

Vida en las notas de los pájaros que cantaban al amanecer.

Vida en las gotas de rocío que evaporaban su existencia ante la luz y el calor.

Vida en el campo, y en el río, en las montañas y el valle, en los animales y en los hombres que despertaban al conjuro de la luz de un nuevo día.

Ahora estoy sentado aquí en la sala de mi hogar, leyendo tu Palabra, mientras mi hijo Javier corre de arriba abajo haciendo honor a sus trece años de adolescente inquieto.

Iris Athala, mi hijita de cinco años, susurra canciones infantiles mientras peina y despeina, viste y desviste a sus muñecas.

En cuanto a Patricia, la mayor, cuando no estudia juiciosa sus lecciones y tareas universitarias, escribe cartas y más cartas a los amigos que dejó en Colombia y en México, o habla horas enteras por teléfono con sus nuevos amigos.

También en ellos veo el sello de tu amor, Señor. Son primero hijos tuyos que míos… El milagro de la vida que tú a cada instante realizas en tu creación, se me hace evidente en cada uno de ellos: en sus sonrisas y lágrimas; en sus anhelos y proyectos; en sus afanes y amores; en sus inquietudes y aspiraciones se siente el aliento de tu amor. En cada uno de ellos me has dado el regalo de un pedacito de tu propia vida… Ésa que tú produces y compartes generosamente en tu creación: vida física, que vemos y tocamos; que se patentiza en plantas, animales y en el hombre; vida espiritual, más bella y noble que has reservado como un regalo especial para tus hijos, los mortales. Cuando presencio y medito en todo esto, me dan ganas de caer de rodillas y alabar tu nombre.

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