Revista especializada en la industria del autotransporte en México

Lenguaje invisible

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No dejes de dar hospitalidad a forasteros, porque haciéndolo, algunos han recibido ángeles sin saberlo”.

Hebreos 13:2.

¿Y no tendré Yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su

mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?

Jonás 4: 11

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Nunca es tarde para reconocer nuestros errores, ser mejores personas, ayudar a quien lo necesite, y acercarnos a Dios. Así que la tarea diaria de la vida es aprovechar al máximo cada momento que Él nos da, ya que el tiempo perdido no se recupera, se va para nunca más volver.

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¡Cuidado! ¡Casi tocaste ese auto de costado! Me gritó mi padre. “¿Es que no puedes hacer nada bien? “Esas palabras me dolieron más que un golpe. Volví mi cabeza hacia el anciano sentado en el asiento junto a mí, desafiándome a contestarle. Se me hizo un nudo en la garganta, y aparté los ojos. No estaba preparada para otra pelea.

“Yo vi el auto, papá. Por favor, no me grites cuando manejo”.

Mi voz fue medida y firme, que sonaba mucho más calmada de lo que realmente me sentía.

En casa lo dejé enfrente del televisor y fui afuera para componer mis pensamientos. ¿Qué puedo hacer con él?

Mi padre había sido leñador en el estado de Washington y en Oregon. Había disfrutado de vivir al aire libre y le gustaba medir su fuerza contra el poder de la naturaleza. Había entrado en agotadoras competiciones de leñadores, y a menudo ganaba. Los estantes de su casa estaban llenos de trofeos que probaban su habilidad.

Pero los años pasaron implacables. Se volvió irritable cada vez que alguien le hacía bromas sobre estar envejeciendo, o cuando no podía hacer algo que hacía cuando era joven.

Cuatro días antes de cumplir sesenta y siete años, tuvo un ataque al corazón. Una ambulancia lo llevó al hospital. Tuvo suerte, sobrevivió. Pero algo en el interior de papá, murió. El gusto por la vida desapareció.

Mi esposo Dick y yo, le pedimos vivir con nosotros en nuestra pequeña granja. Esperábamos que el aire libre le ayudara a ajustar su vida. Una semana después, me arrepentí de la invitación. Nada le parecía satisfactorio. Criticaba todo lo que yo hacía. Me sentí frustrada y deprimida.

Alarmado, Dick buscó al pastor y le explicó la situación. El pastor nos dio citas de consejería para nosotros. Al final de cada sesión, él oraba, pidiendo a Dios que calmara la turbada mente de papá.

Pero los meses pasaban y Dios guardaba silencio. Había que hacer algo y era yo la que lo tenía que hacer. Al día siguiente, descubrí un artículo que describía el sorprendente estudio hecho en una clínica geriátrica. Todos los ancianos pacientes estaban con tratamiento por depresión crónica. En todos ellos, sus actitudes mejoraron en forma excepcional cuando se les dio la responsabilidad de cuidar un perro.

Así, fui a la municipalidad a ver los perros ofrecidos en adopción. Después que llené un formulario, un oficial uniformado me llevó a los corrales de los perros. Los fui estudiando uno por uno, pero rechacé a todos por distintas razones…

Cuando llegué al último corral, un perro desde la esquina más alejada se paró con dificultad, caminó hacia el frente de la jaula y se sentó. Era un pointer… los años habían puesto en su cara y hocico un color gris. Los huesos de sus caderas sobresalían en triángulos desiguales. Pero fueron sus ojos que atraparon mi atención.

Apuntando al perro, el oficial miró, y sacudió su cabeza, intrigado mencionó: “Él es un poco raro. Apareció no se sabe de dónde, y se sentó en el portón del frente. Lo entramos, pensando que quizá alguien viniera a reclamarlo. Eso fue hace dos semanas y nadie ha venido. Su tiempo termina mañana”.

“Lo tomaré”, dije. Y manejé hasta casa con el perro sentado en el asiento delantero a mi lado. Cuando llegué, toqué la bocina dos veces. Lo estaba ayudando a bajar del vehículo, cuando papá apareció en el porche del frente… “¡Mira lo que te traje, papá!”, dije entusiasmada.

Papá miró, y puso una cara de disgusto. “Si yo quisiera un perro lo hubiera buscado. Y hubiera elegido uno mejor que esta bolsa de huesos. Quédate con él, yo no lo quiero”.

El enojo creció dentro de mí: “¡Es mejor que te acostumbres a él, papá, porque se queda con nosotros!”. “¿Me escuchaste, papá?”, grité.

A estas palabras, papá se volvió enojado, cuando de repente el pointer se soltó de mi mano. Fue cojeando despacio hasta mi padre y se sentó frente a él. Entonces muy despacio, cuidadosamente, levantó la pata delantera.

La quijada de mi padre tembló mientras se quedó mirando la pata levantada. La confusión reemplazó la ira de sus ojos. El pointer esperaba pacientemente. De pronto, papá estaba arrodillado, abrazando el animal.

Fue el principio de una cálida e íntima amistad. Papá lo llamó Cheyenne. Juntos, exploraron el vecindario. Pasaron largas horas caminando por polvorientos caminos. Iban a las orillas de los rápidos ríos, a pescar sabrosas truchas, pasando largos momentos de reflexión.

La amargura de mi padre se desvaneció, y él y Cheyenne hicieron muchos amigos. Entonces, una noche, muy tarde, me extrañó sentir la fría nariz de Cheyenne revolviendo nuestras frazadas. Nunca antes había entrado a nuestro dormitorio en la noche. Desperté a Dick, me puse el salto de cama y corrí al cuarto de mi padre. Papá estaba en su cama, con una faz serena. Pero su espíritu se había ido silenciosamente en algún momento durante la noche.

Dos días más tarde, mi dolor se hizo todavía más profundo, cuando descubrí a Cheyenne tendido muerto junto a la cama de papá. Envolví su cuerpo en la alfombra sobre la cual siempre había dormido; mientras Dick y yo, lo enterrábamos cerca de su lugar favorito de pesca, le agradecí silenciosamente por la ayuda que me había dado para devolver a mi padre la paz y tranquilidad.

Con ello, de repente, comprendí que, ciertamente, Dios había contestado mis plegarias en busca de su ayuda. La vida es muy corta para hacerse dramas por cosas sin importancia, así que:

RIE CON FUERZA, AMA CON SINCERIDAD Y PERDONA RAPIDAMENTE. VIVE MIENTRAS ESTES VIVO. PERDONA AHORA A AQUELLOS QUE TE HACEN LLORAR. QUIEN SABE SI TENDRAS UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD.

Dios contesta nuestras plegarias a Su manera… no a la nuestra.

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