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Tiempo

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De nada sirve afanarse

¿Qué provecho saca quien trabaja, de tanto afanarse? He visto la tarea que Dios ha impuesto al género humano para abrumarlo con ella. Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios de principio a fin.

Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes.

Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema. (Que le amen, y que le den a Él, toda la Gloria a)

Lo que ahora existe, ya existía; y lo que ha de existir, existe ya.

Dios hace que la historia se repita.

Eclesiastés 3: 9 al 15.

Nosotros no perdemos tiempo en la vida; lo que se pierde es la vida, al perder el tiempo”. Ésta, es una frase que realmente aplica en nuestras actividades diarias, pero más aún en ese tiempo que la mayoría de las personas no lo dedicamos a orar, a dar gracias a Dios tan sólo por vivir el día a día.

Muchas de las veces, sólo nos acordamos de ÉL cuando estamos en la iglesia, o en algún evento “especial”, o simplemente cuando se presenta alguna enfermedad… esos son los momentos en los que nos acordamos de ÉL.

NO hay pretexto, debemos siempre tener tiempo para recordar todo lo que Él ha hecho por nosotros, no seamos egoístas, demos las gracias por ver en todo momento las cosas bellas que creó para nosotros. ¡Siempre hay tiempo!

Me arrodillé para rezar pero no por mucho tiempo, tenía mucho que hacer…

Tenía que apurarme para llegar a mi trabajo. Pronto tendría que pagar cuentas, así que me arrodillé, oré apresuradamente y partí.

Sentí que ya había cumplido con mi deber cristiano. Mi alma podía descansar en paz…

Durante todo el día no tuve tiempo para diseminar una palabra de alegría a mi derredor.

No tuve tiempo para hablar de Cristo a mis amigos; temía que se mofaran de mí.

No tuve tiempo, no tuve tiempo; demasiado por hacer. Ese era mi lamento constante.

No tuve tiempo para dar de mí a almas con necesidades, pero al final llego la hora, la hora de morir.

Me presenté ante el Señor. Llegué y lo miré con ojos abatidos, porque en sus manos, Dios sostenía un libro; era el Libro de la Vida.

Dios leyó del libro y dijo: “No puedo encontrar tu nombre; recuerdo que una vez lo iba a escribir… pero nunca lo hice porque no encontré ¡el tiempo!”.

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