Justo cuando México y Estados Unidos instalan mesas de trabajo para revisar las reglas de origen del T-MEC, emerge una paradoja central del debate: renegociamos las reglas de una industria que ya está desapareciendo.
Lo difícil no es aceptar la electrificación, sino su consecuencia. La industria automotriz que México domina no se reconfigurará como con las innovaciones pasadas —ni siquiera con el auto híbrido. Las carrocerías seguirán dando la ilusión de continuidad, pero debajo habrá otra industria: la de baterías, electrónica de potencia, semiconductores y software. No es una actualización: es la sustitución completa de una arquitectura productiva en la que México aún no participa.
Y ocurrirá debido al peso del mercado. Cuando el costo total de propiedad, el desempeño y la velocidad de innovación favorecen al eléctrico, ninguna orden ejecutiva ni un estándar laxo detiene al capital ni al consumidor. La competencia manda. Quien no controle celdas, sistemas de almacenamiento, electrónica y datos competirá con costos elevados y una dependencia tecnológica.
Para México, con nueve de cada diez vehículos que produce vendidos en Estados Unidos, la cuestión es existencial. Nuestro éxito se ancló en transmisiones, sistemas térmicos y maquinados para motores de combustión interna, pero ese corazón económico se apaga. Aun así, el debate del T-MEC sigue atrapado en reglas diseñadas para una industria en extinción. Ajustar porcentajes no basta: México necesita asegurar espacios en la nueva cadena de valor o quedará relegado a carrocerías y componentes eléctricos de bajo valor.
Por ello, la estrategia deja de ser defensiva. México necesita llegar a la revisión del T‑MEC con tres propuestas que concilien la seguridad de Estados Unidos y nuestra viabilidad: un calendario realista y verificable para el contenido regional de baterías y minerales críticos; la posibilidad de acumular origen con aliados —Corea del Sur, Japón, la Unión Europea y América Latina—para sumar capacidades mientras despega la manufactura regional; y cupos de excepción condicionados para componentes críticos, con salvaguardas de datos y ciberseguridad, que permitan iniciar líneas en México sin vulnerar los objetivos estratégicos de Estados Unidos.
Innovación en la proveeduría
En casa, la transición exige la reconversión de proveedores hacia electrónica de potencia, maquinados para celdas y ensamble de baterías; impulso al back‑end de semiconductores (ensamble y prueba); formación en software automotriz; y despliegue de infraestructura de carga en corredores logísticos. No para salvar el pasado, sino para fabricar el futuro.
La tentación será seguir ensamblando vehículos de combustión interna mientras haya demanda en el norte. Pero fabricar el pasado cada vez mejor no compra futuro: lo hipoteca. La alternativa no es elegir entre Estados Unidos y China, sino trazar una ruta negociada que nos dé tiempo, socios y aprendizaje sin romper la integración regional que nos sostiene. 2026 no es un trámite de renegociación: es la mesa en la que México decide si seguirá vendiendo carrocerías o si ingresa a la industria de la nueva movilidad eléctrica.
Modernizar el transporte en México es un tema de justicia social y competitividad: Isabel Studer


